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Al día siguiente, Isabela partió hacia Milán como estaba previsto, sin ocultar su alivio por poder escapar de la incómoda situación. Alejandro la vio subir al Maserati y, por primera vez en dos años, no sintió dolor al verla partir. Lo que no sabía era que Carmen, desde la ventana de la cocina, observaba la misma escena con una expresión de tristeza e indignación que habría sorprendido a cualquiera que la hubiera visto. Los días posteriores a la partida de Isabela le revelaron a Alejandro una realidad que jamás había percibido.
Mientras Isabela le enviaba mensajes esporádicos con excusas para prolongar su ausencia, Carmen se convirtió en su presencia constante, silenciosa, pero indispensable. Cada mañana a las 7:00, Carmen llegaba con el desayuno preparado exactamente como a él le gustaba: huevos revueltos, café expreso doble, tostadas calientes, zumo de naranja natural, pero lo que más llamaba la atención era su forma de prepararlo. Sus gestos eran delicados, naturales, sin atisbo de sacrificio ni deber. Las manos de Carmen estaban ásperas por el trabajo, pero sus movimientos eran increíblemente delicados. Lo ayudaba sin hacerle sentir inadecuado. Le hablaba sin compasión. Lo seguía tratando como una persona completa a pesar de su aparente condición.
Un día, Alejandro le preguntó por qué había venido a Madrid.
Carmen dudó. Entonces le contó que su hermana pequeña había necesitado una costosa operación de corazón. En Galicia, las listas de espera eran demasiado largas, así que se había ido a Madrid, donde ganaba más como empleada doméstica. La operación había sido un éxito dos años antes, y ahora Lucía estudiaba medicina en Santiago para convertirse en cirujana cardíaca.
Alejandro sintió una opresión en el pecho. Esa mujer lo había sacrificado todo para salvar a su hermana, dejando sus tierras, su familia, cuidando a un extraño rico, y él nunca se había dado cuenta.
En los días siguientes, Alejandro comenzó a escribir cosas de Carmen que siempre habían estado ahí, como cómo cantaba suavemente en gallego mientras limpiaba, cómo leía libros de literatura en los descansos, cómo dominaba tres idiomas a la perfección y tenía una licenciatura en filología que nunca había mencionado.
Al quinto día, cuando Alejandro fingió dolor de espalda, Carmen no dudó en dormir en el sofá de su habitación para ayudarlo.
Esa noche no durmió del todo, levantándose cada hora para ver cómo estaba, ajustándole las mantas, llevándole agua sin que él se la pidiera.
Alrededor de las 3:00 a. m.
A las 10 h, creyendo que dormía, Carmen se acercó y le acarició suavemente un mechón de pelo.
Entonces le susurró tan suavemente que apenas pudo oírlo: «Por favor, recupérate pronto. No soporto verte así».
En esa frase se escondía un dolor tan genuino, un cariño tan puro, que Alejandro tuvo que apretar los dientes para no reaccionar. Carmen lo amaba. No su dinero, ni su estatus, sino a él, Alejandro, incluso cuando estaba destrozado y era dependiente.
A la mañana siguiente, cuando Carmen le trajo el desayuno con su sonrisa habitual, Alejandro la miró con ojos completamente nuevos.
Aquella mujer había pasado tres años cuidándolo con una dedicación que iba más allá de su deber profesional.
Cuando Alejandro le preguntó qué haría si nunca se recuperaba, Carmen lo miró directamente a los ojos con sorprendente intensidad.
Le dijo que ya era perfecto tal como era, que una discapacidad no define a una persona, que seguía siendo Alejandro Mendoza: inteligente, amable, capaz de hacer reír, generoso.
Sus piernas no tenían nada que ver con quién era en realidad. Y cuando Alejandro le preguntó si habría necesitado ayuda para siempre, Carmen respondió sin dudarlo.
Entonces estaré ahí para siempre. En ese momento, Alejandro se dio cuenta de que había encontrado algo que ni siquiera sabía que buscaba. No solo el amor verdadero, sino una persona que lo viera tal como era y lo amara precisamente por eso.
Pero lo que no sabía era que Carmen había empezado a sospechar algo, y que la verdad, cuando saliera a la luz, tendría consecuencias que ninguno de los dos podía imaginar.