PARTE 2
Doña Elvira tardó apenas 1 segundo en reaccionar.
Bajó los escalones en pantuflas, se arrodilló bajo la lluvia y cubrió a Mariana con una cobija que olía a jabón de barra y lavanda.
—Ay, hija… ¿qué te hicieron?
Mariana intentó hablar, pero los dientes le chocaban del frío y del dolor.
—No… no me regrese… por favor…
Doña Elvira le tomó la mano.
—Nadie te va a regresar, mija. Nadie.
Sacó el celular del bolsillo de su bata y llamó al 911 con una firmeza que no admitía dudas.
—Necesito una ambulancia. Mi vecina llegó arrastrándose a mi puerta. Tiene la pierna destrozada. No fue caída, no fue accidente. La golpearon.
Mariana quiso decirle que bajara la voz.
El miedo todavía la obligaba a protegerlos.
Pero doña Elvira la miró directo a los ojos.
—No los tapes, Mariana. Mira cómo te dejaron.
Esa frase le dolió casi tanto como la pierna.
Porque Mariana llevaba 2 años tapando todo.
Tapó la primera vez que doña Teresa le dijo que una mujer casada no debía comprarse ropa sin permiso.
Tapó cuando Julián le revisó el celular mientras dormía.
Tapó cuando don Rogelio vio a su esposa aventarle una taza y solo dijo: “Mejor no la provoques”.
Tapó cuando Julián empezó a repetir que las mujeres independientes terminaban solas porque no sabían obedecer.
Y esa noche entendió que tanto taparlos la había dejado completamente descubierta.
Cuando llegó la ambulancia, los paramédicos encontraron a Mariana empapada, llena de lodo, con la pierna derecha deformada y las uñas partidas de tanto arrastrarse.
Uno de ellos preguntó:
—¿Quién le hizo esto?
Mariana miró hacia la casa de Julián.
La ventana de la cocina estaba encendida.
La cortina se movió otra vez.
Julián estaba detrás.
No salió.
No gritó su nombre.
No pidió ayuda.
Solo miró hasta asegurarse de que la ambulancia ya se la llevaba.
Luego apagó la luz.
Mariana cerró los ojos y dijo antes de desmayarse:
—Teresa Salgado. Julián Salgado.
Despertó en el hospital con la pierna inmovilizada, una vía en el brazo y una doctora joven revisando sus placas.
El dolor era distinto ahora.
Más controlado, pero más real.
—Mariana —dijo la doctora—, tienes una fractura seria. El patrón de la lesión no coincide con una caída simple. Esto parece un golpe directo.
Mariana sintió que la habitación se hacía más pequeña.
—Ellos van a decir que me caí.
—Ya lo sabemos —respondió la doctora—. Por eso está aquí trabajo social.
Una mujer de cabello recogido entró poco después. Se llamaba Marisol Rivas y hablaba con una calma que no presionaba.
No le pidió que contara todo de una vez.
Le ofreció agua.
Le preguntó si quería que doña Elvira entrara.
Le explicó que podía solicitar protección y que nadie, ni su esposo ni su suegra, podía sacarla del hospital sin su consentimiento.
Mariana lloró entonces.
No por el dolor.
Sino porque alguien le acababa de recordar que su cuerpo todavía le pertenecía.
Le contó lo que pudo.
El rodillo.
La discusión por sus cuentas.
La frase de Julián.
La cena.
El partido.
La reja.
El lodo.
El porche.