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“¿Es… mía?”, preguntó en voz baja.
Emily apartó la mirada, en silencio.
Julian se hizo a un lado. “Pasa”.

Dentro, un calor los envolvió. Emily se sentó incómoda en el suelo de mármol, absorbiendo el agua de lluvia, mientras Julian le daba instrucciones al chef para que preparara la comida.
“¿Aún necesitas personal?”, murmuró.
“Por supuesto”, respondió él con un tono de voz inconfundible. “Lo tengo todo… menos respuestas”.
La chica se inclinó sobre un bol de fresas y susurró tímidamente: “Gracias”.
Julian sonrió levemente. “¿Cómo se llama?”
“Lila”, susurró Emily.
El nombre lo impactó.
Lila: el nombre con el que una vez soñaron para una hija, cuando su mundo era un mundo.
Julian se hundió en una silla. “Empieza a hablar. ¿Por qué te fuiste?”
Emily dudó, luego se sentó frente a él, abrazando a Lila de forma protectora.
“Descubrí que estaba embarazada la misma semana que tu empresa salió a bolsa”, dijo. “Trabajabas sin parar. No quería ser una carga”. “Fue mi decisión”, respondió él con brusquedad.
“Lo sé”, susurró ella, con lágrimas en los ojos. “Luego descubrí que tenía cáncer”.
Se le encogió el corazón.