“¿Puedo limpiar tu casa por un plato de comida?” — Pero cuando el millonario la vio, su corazón pareció detenerse; quedó atónito, incapaz de pronunciar palabra.

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“Era la etapa dos. No sabían si sobreviviría. No quería que tuvieras que elegir entre tu compañía y una novia moribunda. Así que me fui. Di a luz sola. Luché sola contra la quimioterapia. Y sobreviví”.

Se quedó sin palabras; la ira y la tristeza se mezclaban.

“¿No confiaste en mí lo suficiente como para dejarme ayudarte?”, preguntó finalmente.

Los ojos de Emily se llenaron de lágrimas. “Ni siquiera confiaba en mí misma para sobrevivir”.

Lila tiró de la manga de su madre. “Mami, tengo sueño”.

Julian se agachó. “¿Quieres descansar en una cama calentita?”.

La niña asintió.

Miró a Emily. “No te irás esta noche. La habitación de invitados estará lista”.

“No puedo quedarme”, dijo ella rápidamente.

“Sí, puedes”, respondió él con firmeza. “No eres cualquiera… eres la madre de mi hija”.

Se quedó paralizada. “¿Entonces crees que es tuya?”

“No necesito pruebas. Lo veo en ella”.

Esa noche, después de que Lila se durmiera arriba, Julian estaba en el balcón, mirando el cielo tormentoso. Emily se unió a él, envuelta en una bata de sirvienta.

“Nunca quise destruir tu vida”, dijo ella.

“No lo hiciste”, respondió él en voz baja. “Simplemente te borraste de ella”.

El silencio se prolongó.

“No pido nada”, dijo Emily. “Estaba desesperado”.

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