Más allá del simbolismo, hay razones prácticas por las cuales alguien cruzaría las piernas:
- Comodidad anatómica: para algunas personas puede resultar más cómodo cruzar una pierna sobre otra, aliviando presión lumbar, redistribuyendo peso o adaptándose al asiento.
- Costumbres posturales: quienes han adoptado ese gesto por años lo harán automáticamente, sin carga emocional.
- Control de temperatura: en ambientes frescos, cruzar las piernas ayuda a conservar calor corporal.
- Fatiga muscular o circulación: cambiar de postura es normal para evitar cansancio; cruzar las piernas es una de esas variaciones.
Cuando cruzar las piernas deja de ser inocente: señales de alerta
Hay circunstancias en que cruzar las piernas puede reflejar algo más serio que un simple hábito:
- Si la postura se vuelve rígida, casi automática, cada vez que hay tensión emocional.
- Si viene acompañada de evitar contacto visual, retraimiento en conversaciones o silencio prolongado.
- Si, tras cruzar las piernas, la persona se mantiene inaccesible emocionalmente o hay un patrón repetido de distanciamiento no comunicado.
- Si esa postura produce incomodidades físicas (hormigueo, adormecimiento, dolor), puede ser signo de compresión nerviosa o circulatoria.