Los fines de semana en la casa de su padre se convirtieron en viajes: un puente largo en la playa, una semana esquiando, un cumpleaños en un club náutico. Sebastián volvía distinto. Miraba nuestro departamento de dos ambientes con una mueca que antes no tenía. Se quejaba de la comida, del ruido de los vecinos, del auto viejo que apenas arrancaba en las mañanas frías. “Mamá, ¿por qué no podemos vivir como ellos?”, me preguntó una noche. Le respondí lo que cualquier madre respondería: que la felicidad no se compra, que lo importante es el amor. Él me miró como si yo estuviera repitiendo una frase vieja de una película aburrida.
La tarde en que todo se rompió, Sebastián llegó acompañado. Andrés y Valeria entraron detrás de él, elegantes, perfumados, incómodos en mi sala. Traían una carpeta. Mi hijo no me miraba a los ojos. Fue Valeria quien habló primero, con esa voz suave y ensayada de quien está acostumbrada a cerrar negocios. Me explicó que Sebastián había expresado su deseo de vivir con ellos de manera permanente, que tendría su propio cuarto, un tutor privado, acceso a un colegio internacional. “Y hay algo más”, agregó Andrés, aclarándose la garganta. “Queremos iniciar un proceso de adopcion . Valeria quiere adoptarlo legalmente. Necesitamos que renuncies a la patria potestad.”