Para entender por qué me dolió tanto lo que escuché, necesito contarles cómo me convertí en la mujer que soy hoy y cómo mi relación con Graciela se convirtió en lo más importante de mi vida.
Crecí en una familia donde el amor se medía por los sacrificios que hacías por los demás. Mi madre, que en paz descanse, trabajaba como costurera desde las cinco de la mañana hasta las diez de la noche para mantenernos a mis tres hermanos y a mí. Nunca tuvimos mucho dinero, pero siempre compartimos amor, respeto y valores sólidos.
Cuando quedé embarazada de Graciela a los 18 años, su padre desapareció. Sus padres me cerraron la puerta en las narices cuando fui a buscarlo, diciéndome que su hijo no arruinaría su futuro por cualquier chica.
Mi madre me abrazó y me dijo: «Tu hija tendrá todo lo que nosotras no pudimos tener. Vamos a criarla juntas para que sea una buena mujer».
Vendió sus dos únicos brazaletes de oro para comprarme todo lo necesario para la bebé.
Graciela fue un ángel desde el día que nació. Era la bebé más hermosa que jamás había visto, con sus grandes ojos y su sonrisa que iluminaba toda la habitación. Mi madre y yo nos turnábamos para cuidarla mientras yo trabajaba limpiando casas, ganando solo unos pesos al día. Cada centavo le pertenecía.
Recuerdo el primer día que llevé a Graciela al kínder. Caminamos porque no teníamos dinero para el autobús, pero ella llevaba su uniforme perfectamente planchado y sus zapatos lustrados. Las otras madres llegaron en coches de lujo, vestidas con ropa cara, y me sentí pequeña con mi vestido remendado y mis manos callosas. Pero cuando Graciela me besó en la mejilla y me dijo: “Gracias, mamá, eres la mejor del mundo”, supe que había valido la pena.
Pasaron los años, y mi rutina siempre fue la misma. Levantarme a las cuatro de la mañana, prepararle el desayuno a Graciela, llevarla a la escuela, trabajar hasta las seis de la tarde limpiando tres casas diferentes, recogerla, ayudarla con sus tareas y acostarla con un cuento. Los fines de semana, lavaba la ropa para ganar dinero extra, todo para que ella pudiera tener una vida mejor que la mía.
Mi madre falleció cuando Graciela tenía ocho años, pero antes de irse, me hizo prometer que le daría educación y amor, y que me cuidaría cuando fuera mayor.
Cuando Graciela cumplió 15, trabajé horas extras durante seis meses para darle la fiesta que se merecía. Gasté mis ahorros en arreglar el techo de nuestra casa, pero ver su cara de felicidad esa noche fue invaluable.
“Mamá, no sé cómo me das tanto si no tienes casi nada”, me dijo esa noche mientras me abrazaba. “Cuando sea grande, te lo voy a devolver multiplicado por mil”.
Durante la preparatoria, Graciela fue una estudiante ejemplar: sacaba las mejores calificaciones y participaba en obras de teatro. Pero mantener esos estudios no era barato. Empecé a limpiar una cuarta casa los domingos para poder pagarlo todo. Cuando llegó el momento de matricularla en la universidad, el costo era inasumible para mí. Pedí un préstamo usando mi casa como garantía, vendí el único anillo de compromiso que me había regalado su padre antes de abandonarnos, e incluso mi máquina de coser.
“Hija, vas a ser una profesional”, le dije el día que la llevé a matricularse.
Lloré de felicidad cuando la vi firmar los papeles de matrícula.
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