Me llamo Margarita y tengo 66 años. Mi historia comienza una mañana cualquiera, en la casa donde he vivido casi toda mi vida, rodeada de recuerdos y el eco de los sacrificios que he hecho por mi única hija, Graciela.
Lo que parecía un día más, se convirtió en el comienzo de una pesadilla que nunca imaginé vivir.
Un error tecnológico, un simple mensaje de voz que Graciela envió accidentalmente a mi teléfono, fue suficiente para transformar mi mundo y poner a prueba todo lo que creía saber sobre el amor familiar.
La voz de mi hija, fría y calculadora, me llamaba una molestia.
“Ricardo, ya no soporto a mi madre en esta casa. Es una molestia, se entromete en todo, y además, ya estamos gastando mucho dinero en mantenerla. He estado buscando residencias de ancianos asequibles. Encontré una que cuesta solo $800 al mes”.
Escuchar esas palabras de la mujer para la que trabajaba día y noche, limpiando casas ajenas, vendiendo mis joyas para pagar su universidad, fue como sentir el suelo ceder bajo mis pies.
Pero lo que vino después fue aún peor.
“Ya revisé los papeles de la casa. Está a su nombre, pero encontré la manera de transferirla al nuestro sin que se diera cuenta. Mi prima Carmen, que trabaja en el Registro Civil, me va a ayudar”.
En ese momento, en mi propia cocina, con el teléfono temblando en las manos, supe que mi hija planeaba robarme lo único de valor que tenía en este mundo: la casa que construí ladrillo a ladrillo, trabajando doce horas al día durante treinta años.
Lo que más me dolió fue oírla reír al final del mensaje:
“En un mes, mamá estará hospitalizada y seremos dueños de todo. Por fin podremos vivir en paz sin esa vieja amargada que nos controla”.
Si alguna vez has sentido la traición más profunda de alguien a quien amas, entenderás exactamente lo que sentí en ese momento.
Pero lo que Graciela no sabía es que su madre no es tan ingenua como cree.
Después de 66 años en este mundo, aprendí que a veces la única manera de defenderse es con la misma astucia con la que te atacan.
Esa noche no pude dormir. Al amanecer, me levanté con una determinación que no había sentido en años.
Me puse mi vestido rojo más elegante, agarré todos mis documentos importantes y salí de casa con una sonrisa en el rostro y un plan que lo cambiaría todo para siempre.
Continua en la siguiente pagina >>
