El mayor carraspeó:
—Papá… ¿por qué hizo eso? Nosotros también somos sus hijos.
Mi padre levantó la cabeza y, con voz pausada pero firme, dijo:
—Sé que todos tienen sus problemas. Pero cuando realmente los necesité, solo el menor se atrevió a cargar con esto. Esta casa y este terreno son la recompensa a ese sacrificio.
El segundo quiso decir algo, pero calló. Ambos se dieron la vuelta y se fueron, arrastrando las sandalias por el suelo, como si les pesaran toneladas.
Yo seguía sentado, con las manos temblando mientras sostenía el testamento. Mi papá puso su mano sobre mi hombro y la apretó con fuerza:
—Ya no tienes que pagar esa deuda. Ese dinero… fue una prueba. Yo lo liquidé hace tiempo.