Ese día, en Batangas, Lola Teresita, la madre de Roberto, no dejaba de llamar a su hijo, pero no podía contestar.
Llamó a su nuera, pero nadie contestó.
Sintiendo que algo andaba mal, tomó un autobús a Manila.
Y la escena que se presentó ante sus ojos la mareó.
María yacía sola en la cama del hospital, muy delgada, y aún tenía una vía intravenosa en el brazo.
Y su nieta Bea estaba sentada en el suelo, sosteniendo el cartón de leche a medio terminar de esa mañana, bebiendo a pequeños sorbos.
Teresita estaba atónita.
—Dios mío, María… ¿qué te pasó?
María forzó una sonrisa, con los ojos llenos de lágrimas:
—No es nada, mamá. Solo estoy cansada. Quizás mañana esté en casa.

Miró a su alrededor en la habitación vacía, luego por el pasillo; no había rastro de su hija.
—¿Dónde está Roberto? ¿Por qué no está aquí? ¿Cómo te dejó así?
María inclinó la cabeza y dijo en voz baja:
—Dijo que estaba muy ocupado con el trabajo, mamá.
Pero la inocente Bea levantó la vista:
—No es cierto, abuela. Papá está en Europa con la tía Lara y la bebé Bi. Dijo que mamá y yo esperaríamos en casa.
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