Esa ingenua afirmación fue como una puñalada en el corazón de la anciana.
Se dejó caer pesadamente en la silla, con las manos temblando mientras se aferraba a la cama.
Esa noche, después de darle de comer a su nieta, la abuela Teresita llamó a casa en voz baja:
—Señor Mario, mañana envía los tres sacos de arroz, algunas gallinas y el título de propiedad a Manila, ¿de acuerdo? Yo me encargaré de algo aquí.
A la mañana siguiente, la abuela fue al banco y retiró los 1.3 millones de pesos que tenía ahorrados, el dinero que había guardado para su vejez.
Luego la llevó al hospital, pagó todas las facturas de María y la matrícula escolar de Bea durante un año.
María rompió a llorar y se arrodilló ante su suegra:
“Mamá, ¿por qué hiciste esto? Guarda ese dinero. ¡Es para ti!”.
Tomó la mano de su nuera y dijo con firmeza:
“Soy vieja, hija. Ya no necesito dinero. Pero tú y tu hijo son la sangre de esta familia. Mi hijo fue quien cometió el crimen, pero yo sé quién lo amaba de verdad”.
Luego añadió, con los ojos brillantes de determinación:
“Cuando Roberto regrese, le haré ver lo que es la vergüenza”.
Tres semanas después, Roberto regresó a casa.
Entró en la casa riendo y sacando su maleta, sin esperarse encontrar a su madre esperándolo, con dos vecinos y un funcionario del distrito a su lado.
Ella colocó una pila de papeles sobre la mesa, con voz tranquila:
“Aquí está la escritura de la casa. He hecho que quiten tu nombre. María es ahora la dueña. Le he dado mi dinero del banco. Y tú… lárgate de esta casa. Ya no tengo una hija como tú”.
María guardó silencio, apretando con fuerza la mano de su hija.
La señora Teresita miró a madre e hija, con los ojos vidriosos por las lágrimas pero brillantes de orgullo:
“Hija, que te vaya bien. El cielo cuida de quienes saben amar. Al final, el corazón puro y bondadoso perdurará”.
Fuera del porche, el sol de la tarde caía a raudales sobre el tejado de hojalata, y el viento mecía suavemente la pérgola de buganvillas.
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