Entonces llegó el abogado para leer el testamento.
Toda la herencia —el apartamento en el centro, los ahorros, la finca— se dividió entre los dos hijos.
Ni una sola mención de mí.
Ni una palabra de agradecimiento por ocho años de cuidado y dedicación.
Me quedé paralizada en medio de la sala mientras los susurros llenaban el aire:
“Bueno, solo es la nuera… ¿qué esperaba?”.
Esa noche, comencé a empacar mis cosas en silencio.
Pero cuando abrí el armario para tomar mi abrigo, encontré un sobre escondido en el fondo de un cajón.
En el anverso, con una letra delicada, estaba escrito:
“Para Marina, si ya no estoy”.
Me temblaban las manos al abrirla. Dentro había una carta, escrita con la letra temblorosa de Doña Teresa:
“Querida Marina:
Sé lo mucho que has sufrido estos últimos ocho años.
No solo fuiste mi nuera, sino la hija que nunca tuve.
No incluí tu nombre en el testamento, no por olvido ni por falta de gratitud,
sino por miedo a que mis hijos discutieran o a que otros te llamaran avariciosa.
Así que, discretamente, abrí una cuenta bancaria a tu nombre con quinientos mil euros.
La libreta está escondida en el cajón del altar, detrás de la foto de su padre.
No es un pago, es mi forma de agradecerte tu amor y paciencia.
Si existe otra vida, espero que vuelvas a ser mi hija”.
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