Cuidé de mi suegra durante ocho largos años, y cuando falleció, ni siquiera se mencionó mi nombre en el testamento; no me dejaron ni un solo euro. Desde ese día, la familia de mi marido actuó como si nunca hubiera formado parte de sus vidas.
Me dejé caer al suelo, con el papel empapado de lágrimas. Todos los años de agotamiento, resentimiento y pena silenciosa se desvanecieron en ese instante.
A la mañana siguiente, cuando la familia me vio arrodillada junto al altar con la carta en las manos, el silencio inundó la casa.
Javier se arrodilló a mi lado, con la voz entrecortada al susurrar:
“Perdóname, Marina… Nunca supe cuánto te amaba mi madre”.
Sonreí entre lágrimas y negué con la cabeza suavemente.
—No necesito el dinero, Javier. Solo necesitaba saber… que ella me vio.
Afuera, la luz de la mañana se filtraba por la ventana —suave, dorada y cálida— como el abrazo de una madre que nunca te soltaba del todo.