A los 16 años, su padre obligó a su hija obesa a casarse con un hombre de montaña que tenía dos hijos. ¿Qué pasó después…?

Hablaba poco; su rostro estaba marcado por el dolor.
Ellie notó, sin embargo, el tierno cuidado que prodigaba a sus hijos a pesar de su rudo exterior.
Una tarde, la encontró con dificultades para cargar leña.
Sin decir palabra, le quitó la carga de los brazos. «No tienes que hacerlo todo sola», dijo con voz áspera.
Era la primera vez que le hablaba con cariño, y Ellie sintió una chispa de esperanza.
La vida en las montañas era agotadora.
A Ellie le dolía el cuerpo por las tareas: acarrear agua, fregar pisos, cocinar en una fogata.
Pero se negaba a quejarse.
Observaba a Caleb trabajar incansablemente, y las caritas hambrientas de los niños le dieron un propósito.
Un día, Mia enfermó de fiebre.
Ellie se quedó despierta toda la noche, refrescándose la frente con toallitas húmedas.
Caleb la observaba en silencio, con la mirada dulcificada.
Cuando Mia se recuperó, abrazó a Ellie por primera vez y le susurró: «Gracias». El corazón de Ellie se llenó de alegría. Ben también empezó a acercarse, pidiéndole leerle cuentos. Por primera vez, Ellie sintió que pertenecía, aunque solo fuera un poco.
Empezó a ver las montañas de otra manera. Los imponentes pinos, el aire fresco, el silencio.
Era hermoso a su manera.

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