Despiertas un día y todo suena lejano, como si alguien hubiera cubierto tus oídos con una almohada gruesa. Tragas saliva, mueves la mandíbula, pero el zumbido sigue ahí y las voces llegan apagadas. La frustración crece porque ya no escuchas bien las pláticas en la comida familiar, los chistes de los nietos o hasta el volumen normal de la tele. Y entonces ves ese video que promete alivio inmediato con solo unas gotitas caseras. Suena tan fácil, tan inocente. Pero antes de probarlo, quédate conmigo: lo que descubrirás más abajo podría ahorrarte un problema mayor.