Aunque muchas personas crecieron viéndolo en la cocina de sus abuelos, lo cierto es que las nuevas generaciones podrían mirar este objeto con la misma cara que si se tratara de una pieza arqueológica. Porque sí, antes de las procesadoras, las licuadoras de alta potencia y todos esos aparatos modernos que hacen la vida más fácil, existía un utensilio sencillo, resistente y totalmente manual que resolvía tareas esenciales en el hogar: el viejo molino de carne.
Quien haya visto uno en acción sabe muy bien que este aparato no solo servía para moler carne, sino también para transformar cualquier ingrediente duro en algo más manejable. Era un compañero fiel en las cocinas de antes, cuando la preparación de los alimentos era casi un ritual y cada paso se hacía con paciencia. Hoy en día, la mayoría de la gente lo ve como una reliquia, pero en su momento fue una herramienta indispensable.
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