El misterioso objeto de metal

o curioso es cómo un objeto tan simple puede despertar tanta nostalgia. Basta mostrárselo a alguien de cierta edad y de inmediato aparecen las historias: “Mi mamá tenía uno exactamente así”, “Yo ayudaba a dar vueltas a la manigueta”, “Ese aparato hacía un ruido tremendo, pero era buenísimo”. Y es que, más allá de su función práctica, este molino cargaba consigo la esencia de la vida familiar. Era típico verlo montado al borde de una mesa, ajustado con su tornillo de presión, listo para entrar en acción en la preparación del almuerzo o de alguna receta especial de domingo.

La mecánica era sencilla: por la parte superior se introducían los trozos de carne (o lo que fuera que se quisiera moler), y con el giro de la manivela, el interior del molino trituraba y empujaba el contenido hasta hacerlo salir por la rejilla frontal, ya convertido en una masa uniforme. Todo sin electricidad, sin nada más que la fuerza del brazo y la disposición de querer cocinar.

Hoy, acostumbrados a tener electrodomésticos que hacen todo con solo apretar un botón, puede resultar difícil imaginar a alguien dedicando varios minutos a mover esa manigueta sin parar. Pero así se cocinaba antes: con tiempo, dedicación y una mezcla de esfuerzo y cariño que las máquinas modernas no pueden reproducir.

Además, este tipo de molino era tan útil que muchos hogares lo conservaban durante años, incluso décadas. Su cuerpo de metal, casi indestructible, lo hacía un compañero de larga vida. Por eso, no es raro que uno aún aparezca en casas antiguas, guardado en una gaveta o colgado en alguna pared como un recuerdo silencioso del pasado.

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