Por diversión, el soldado ofreció comida a las crías de serpiente… No podía saber que un día esa bondad aparentemente sin sentido se convertiría en su salvación.

Un joven soldado llamado Artyom se ofreció voluntario para una misión difícil, impulsado por el deseo de demostrar su valía, de sentir el vínculo de un verdadero camarada.

Se imaginaba duras rutinas diarias, la ruda comodidad de la hermandad y el orgullo del logro.

No tenía ni idea de que una pequeña decisión, aparentemente insignificante, y la más delicada e increíble amistad se entrelazarían gradualmente en su destino, protegiendo su vida y otorgándole un futuro que jamás habría imaginado.

En lo alto de las silenciosas e implacables montañas del Pamir, su destino se convirtió en una prueba para su espíritu y su cuerpo. Las noches eran tan frías que parecían interminables, calándole hasta los huesos. Una inquietud constante lo acechaba, al acecho tras cada roca. El miedo a perder a los hombres con los que servía lo atormentaba sin cesar. Para distraerse de esta presión, del silencio opresivo, a veces buscaba pasatiempos extraños. Un día, vagando por un laberinto de trincheras, se topó con un pequeño nido de crías de cobra.

Eran criaturas diminutas, con patrones, casi insignificantes. Sin embargo, en lugar de miedo, sintió una extraña ternura. El reglamento le exigía destruirlas. Pero algo en su interior se negaba. Desde una distancia prudente, comenzó a dejarles trozos de sus modestas raciones. Al principio, las serpientes se quedaban paralizadas cada vez que se acercaba.

Pero poco a poco, día tras día, aprendieron a confiar en la figura corpulenta que olía a polvo, metal y humo. Sin palabras, sin expectativas, se formó un vínculo silencioso e inquietante entre el soldado endurecido por la guerra y las silenciosas y venenosas criaturas de las montañas.

Una noche, Artyom volvió a permanecer despierto, atormentado por una oscura sensación que no podía explicar. Un escalofrío de guerra lo recorrió por dentro. Se ofreció voluntario para hacer la guardia nocturna en lugar de su viejo amigo Sergei. Esperó en el crepúsculo que se profundizaba, pero nadie vino a relevarlo. El silencio se hizo denso, cargado de pavor.

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