Al presentir que algo andaba terriblemente mal, se dispuso a salir cuando una enorme y majestuosa cobra adulta se deslizó desde el borde superior de la trinchera. Era magnífica y aterradora. Con una gracia lenta y solemne, desplegó su capucha, cerrándole el paso. Su mirada era fija, impasible, insondable.

Artyom se quedó paralizado.
Sabía que cualquier movimiento, cualquier espasmo, podía acabar con su vida al instante. Sin embargo, no había malicia, solo una orden silenciosa: quieto.
Permanecieron así durante horas, inmóviles en una batalla de silencio, hasta que la oscuridad de la noche comenzó a suavizarse con la primera luz pálida del alba.
Solo cuando los pájaros matutinos se atrevieron a cantar, la cobra bajó su capucha. Lentamente, como si su propósito se hubiera cumplido, se giró y se deslizó hacia las laderas pedregosas, desapareciendo sin dejar rastro.
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