En un funeral, un hombre salta repentinamente sobre la tapa del ataúd en medio de la ceremonia, enciende la música y se pone a bailar; todos se indignan hasta que una voz se escucha por el altavoz…

Una despedida silenciosa, interrumpida por un solo paso

Lo enterraron un jueves gris: un hombre de cuarenta años que se había ido demasiado pronto tras una larga enfermedad. Familiares, amigos, vecinos y compañeros llenaban el estrecho sendero entre las lápidas, con las manos metidas en los abrigos y el rostro cabizbajo; el dolor se extendía entre la multitud como una marea silenciosa. El ataúd descansaba sobre correas, suspendido sobre la tierra. El pastor carraspeó. Los portadores se aferraron a las correas. Y entonces, desde el borde del círculo, un hombre avanzó con algo pequeño y negro en la mano.

El salto inesperado

No habló. No pidió permiso. En un movimiento fluido, se subió al ataúd, se plantó y se llevó un micrófono inalámbrico a la boca. Un estallido de música brillante e imposible brotó de los altavoces portátiles: tambores, metales, un ritmo propio de un desfile, no de un cementerio. Empezó a cantar. Y entonces, increíblemente, comenzó a bailar —pasos ligeros, un medio giro, un alegre chasquido— en equilibrio sobre la misma caja que contenía a su mejor amigo.

Indignación, vergüenza, conmoción.

Se oyeron jadeos que rompieron el silencio. Una mujer se tapó la boca con la mano enguantada. Un tío negó con la cabeza, furioso. Alguien siseó: “¿Has perdido la cabeza?”. Otra voz, quebrada por la rabia: “¡Ten algo de respeto!”. El pastor dio un paso al frente y se detuvo, indeciso. Los zapatos de los bailarines resonaron, el viento levantó el borde de su abrigo y la canción se elevó, aún más brillante. No parecía desafiante; parecía… honrado. Pero casi nadie podía verlo todavía.

La canción termina… y la verdad comienza.

Cuando el último acorde se desvaneció, saltó al suelo, con las palmas hacia arriba, su aliento visible en el frío. Varios familiares se acercaron a él, listos para sacarlo a rastras o llamar a la policía. En lugar de eso, inclinó la cabeza y alzó el micrófono con ambas manos, como si se lo ofreciera a la multitud.

—Sé lo que esto parece —dijo con voz firme—. Me llamo Daniel. Soy amigo de Eli desde que teníamos nueve años. Jamás le faltaría al respeto. Hice exactamente lo que me pidió.

Metió la mano en su abrigo, sacó un sobre arrugado y lo levantó para que todos pudieran ver el nombre en el frente: Abrir junto a la tumba. Solo Daniel. Debajo, con la inconfundible y elegante letra del hombre al que estábamos enterrando, alguien había dibujado una carita sonriente torcida con gafas de sol.

La carta de la única persona a la que ya no podíamos oír

Daniel desdobló el papel y leyó.

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