Cuando observamos un monitor médico, vemos reflejada la estabilidad de nuestra vida en números: un ritmo cardíaco promedio de 72 LPM (latidos por minuto), una presión arterial ideal de 120/80 mmHg y una saturación de oxígeno cercana al 98%. Mantener estos niveles bajo control es sinónimo de un organismo en equilibrio. El peligro real comienza cuando estos indicadores sufren alteraciones drásticas en cuestión de segundos debido a un fallo eléctrico en el corazón.