Al principio, apenas lo notaba: tragar le resultaba un poco incómodo. Mark no le dio importancia, suponiendo que solo era reflujo ácido o una leve irritación de garganta. Un sorbo de agua solía aliviar la sensación.
Pero después de dos meses, la molestia empeoró. Incluso los alimentos blandos se volvieron difíciles de comer, y las comidas que antes le gustaban ahora le causaban pavor. Al darse cuenta de que no desaparecía, Mark consultó a un médico.
Un primer desdén
Cuando le explicó sus síntomas, su médico pareció despreocupado. Al fin y al cabo, Mark era joven, activo y no tenía problemas de salud importantes. Finalmente, le programaron una prueba de deglución.
Sin embargo, algo en su interior le decía a Mark que no lo ignorara. Unos días después, el dolor se intensificó tanto que corrió a urgencias. Allí, la verdad lo golpeó de lleno: los médicos habían descubierto una masa. El diagnóstico era innegable: cáncer de esófago.
Una batalla que nunca anticipó
La noticia fue devastadora. Mark nunca se había imaginado enfrentarse a una enfermedad así. Pensaba que su reciente pérdida de peso se debía a un estilo de vida saludable, pero se dio cuenta de que era un síntoma de algo mucho más peligroso.
En octubre, se sometió a una cirugía mayor que le salvó la vida. Los cirujanos le extirparon 15 centímetros de esófago junto con un tumor del tamaño de una fresa, y luego reconstruyeron el conducto utilizando una sección de su intestino. El procedimiento fue complejo y agotador, pero finalmente exitoso.
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