Hay relaciones que parecen irónicas, pero en realidad son el camino del destino que obliga a las personas a aprender a perdonar.
Unos meses después, Ramón recibió la noticia de que la señora Rosario había fallecido mientras dormía, sin sus familiares a su lado.
En su testamento, le había dejado un sobre; dentro había una vieja foto de la boda de sus padres y una frase escrita:
«El odio ha terminado.
Vive por aquellos que han fallecido».
Ramón guardó silencio, con lágrimas que recorrían la fotografía.
Comprendió que el amor y el odio a veces están a un suspiro de distancia,
y que el perdón —incluso cuando es demasiado tarde— sigue siendo la única forma de traer paz al corazón.
Desde entonces, cada año, en el aniversario de la muerte de Rosario, Ramón ha ido al cementerio de Laguna con un ramo de crisantemos blancos.
Rezó en voz baja:
«Gracias.
Porque gracias a ti he aprendido que no hay dolor demasiado grande como para no poder dejarlo ir».
La brisa de la tarde soplaba, el aroma del incienso persistía, como una despedida final a romances inconclusos y a dos almas que partieron con amor y resentimiento.