Un albañil gastó 300 millones para casarse con una mujer paralítica; en su noche de bodas, al quitarle la ropa, descubrió una verdad impactante: “TÚ ERES…”

“¡Hija mía, piensa! No puedes darle hijos, no puedes trabajar. ¿Por qué dejar que un buen hombre te arruine la vida?”
Lucía, débil pero firme, respondió:
“Mamá, él no me ve como un problema. Me ve como su destino”.
Su persistencia les ablandó el corazón.
Y así, un domingo de mayo, en una pequeña iglesia blanca decorada con buganvilias, Lucía y Hugo se casaron, rodeados del aroma a pan dulce y las guitarras de un trío local.
Hugo usó todos sus ahorros —más de 300,000 pesos, fruto de diez años de trabajo en proyectos de construcción por todo el país— para reconstruir su casa.
Construyó rampas, ensanchó las puertas, adaptó el baño e instaló barandales para que Lucía pudiera moverse sin depender tanto de él.
Incluso construyó una pequeña terraza donde ella pudiera pintar mientras él trabajaba.
“Quiero que sientas que esta casa también es tuya”, le dijo, secándose el sudor de la cara con una mano polvorienta.
Lucía sonrió entre lágrimas. Por primera vez, el futuro ya no le aterraba.
Su noche de bodas llegó con una llovizna.
La habitación recién remodelada olía a madera nueva y flores de jazmín. Hugo, nervioso, ayudó a Lucía a sentarse en la cama. Sus manos temblaban, no de deseo, sino de ternura.
Cuando le quitó con cuidado el vestido blanco de encaje, se detuvo.
No por la fragilidad del cuerpo de su esposa, sino por las cicatrices: largas marcas grises que le recorrían la espalda, rastros de cirugías, caídas y noches de dolor silencioso.
Hugo no dijo ni una palabra. Simplemente la abrazó fuerte, tan fuerte que sus lágrimas le caían sobre el cabello.
“¿No te arrepientes?”, preguntó Lucía con voz apenas audible.
“Solo lamento no haberte conocido antes… para poder sufrir menos contigo”, respondió.
“Eres el mayor tesoro de mi vida”.

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