A muchas personas les resulta familiar la escena: una reunión al aire libre, una noche cálida y tranquila, y al final del encuentro una misma persona concentra casi todas las picaduras de mosquitos, mientras el resto apenas nota su presencia. No importa si se usó repelente, si se eligió ropa larga o si se evitó el contacto con el pasto. La sensación es clara: los mosquitos parecen tener una preferencia muy marcada. Lejos de ser casualidad, este fenómeno tiene una explicación basada en la biología, la química corporal y ciertos factores ambientales que influyen más de lo que se cree.
Los mosquitos no actúan al azar. En especial las hembras, que son las que pican, necesitan alimentarse de sangre para completar su ciclo reproductivo. Para lograrlo, desarrollaron un sistema de detección muy sofisticado que les permite identificar a sus objetivos ideales. En ese proceso, el cuerpo humano emite señales que funcionan como un auténtico GPS para estos insectos.
