Otra voz respondió con un silbido de admiración.
¿Y Camila?
Rafael soltó una risa fría.
Camila es la puerta. Solo necesito que se abra
Camila permaneció inmóvil entre los árboles. El perfume de las flores que ella misma había elegido para « el día más feliz » se mezclaba con un sabor amargo y metálico. Se le secó la boca. La sangre le afluyó a los oídos. En su mente, como piezas de un rompecabezas, recuerdos que antes parecían inocentes comenzaron a encajar: las preguntas de Rafael sobre contratos, proveedores, rutas logísticas; su emoción al escuchar « Acevedo Transportes »; su interés exagerado en « cómo funciona el poder notarial ».
No era amor. Era un plan.
—Además —continuó Rafael—, el viejo ya está entrado en años. Con un pequeño empujón legal, Camila ni se dará cuenta. Todo quedará en familia.
La risa resonó entre las palmeras como aplausos. Camila sintió que el vestido, momentos antes un símbolo de esperanza, ahora era una jaula de encaje.
Podía huir. Podía gritar. Podía detenerlo todo. Solo tenía que enfrentarse a los invitados y decir la verdad.
Pero algo dentro de ella, algo nuevo, más frío y más claro, se negaba a darle a Rafael una salida fácil.
Cancelar la boda lo liberaría sin consecuencias. Y Camila comprendió, con una claridad que le dolió, que este hombre no era solo una decepción romántica: era un verdadero riesgo para cualquiera que confiara en él.
Respiró profundamente, enderezó los hombros y tocó su velo como si se colocara una corona en la cabeza.
“Si cree que ha ganado…”, se dijo, “que siga pensando eso”.
Regresó por el mismo camino, con paso firme y expresión inalterada. Cuando apareció en el pasillo sembrado de pétalos que conducía al altar, nadie notó la transformación que acababa de ocurrir en su interior.
Para los invitados, Camila seguía siendo la novia perfecta: elegante, serena, una figura blanca enmarcada por luces doradas. Pero en su interior, ya no era la misma mujer que, minutos antes, estaba a punto de vivir un cuento de hadas.
Rafael la esperaba con una sonrisa forzada. Camila le sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. Por primera vez, no vio a un futuro esposo: vio a un hombre ansioso por cerrar un trato.
Su padre, Eduardo Acevedo, le ofreció el brazo. Tenía 58 años y poseía esa mezcla de orgullo y ternura de quien lo había construido todo desde cero: una empresa de logística respetada en el occidente de México. Al tomarla del brazo, susurró con emoción:
“Hija… este es uno de los días más felices de mi vida.”