—No la lastimes. Véndela —repetía el granjero mientras observaba a la madrastra agredir a la niña.

Y ella sonrió.

Porque ahora… podía elegir.

Pasó el tiempo.

Su madrastra, Neide, cayó en la pobreza.

Regresó pidiendo comida.

Y Aline… la ayudó.

Sin odio.

Sin venganza.

Solo con dignidad.

Porque quienes albergan odio no tienen espacio para la paz.

Su padre, Bosi, también regresó.

Destrozado.

Arrepentido.

Pero era demasiado tarde.

Aline no gritó.

No lloró.

Simplemente siguió adelante.

Porque algunas heridas no necesitan respuestas.

Solo continuidad.

En la granja, la vida florecía.

Llegó la lluvia.

La cosecha fue abundante.

Y junto con ella, creció algo más grande:

Respeto.

Compañerismo.

Amor.

Hasta que un día, sin lujos, sin celebraciones…

Decidieron permanecer juntos.

Bajo un árbol.

Descalzos.

Sin promesas vacías.

Solo la verdad.

Aline no fue comprada.

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