Mi suegra me golpeó delante de mi marido. Y a la mañana siguiente, despertaron y encontraron el apartamento vacío.

Javier derramó el plato de sopa sobre sus pantalones nuevos.

Laura, agotada, suspiró:

“Bueno, ahora límpialo tú”.

Carmen se levantó como una fiera y le dio una bofetada.

“¡No vuelvas a hablarle así a mi hijo!”, gritó.

Javier se echó a reír.

“¡Mamá, mírala! ¡Parece una gallina mojada!”

Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas.

En ese momento todo se rompió por dentro.
Cogió su abrigo y salió corriendo.

“Volverá”, murmuró Javier, encendiendo la tele. “No tiene adónde ir”.

“Claro que volverá”, respondió Carmen con suficiencia. “Una mujer debe saber cuál es su lugar”.

Pero esa noche, Laura ya lo había decidido.

Una hora después, regresó. En silencio.

Recogió la mesa, limpió el suelo y se sentó en un rincón con un libro.

Parecía resignada.

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