Blindaje: ley, papeles y estrategia
Con Matilde, mi amiga abogada, hicimos el plan:
-
Al día siguiente me sometí voluntariamente a una evaluación psiquiátrica con el perito más respetado. Salí con un certificado impecable: mente lúcida, capacidades intactas.
-
Modifiqué mi testamento: todo mi patrimonio pasó a un fideicomiso a nombre de mi nieto Santi, administrado por un consejo externo. Elena ya no tendría control sobre mi dinero.
-
Cancelé poderes y tarjetas, cambié cerraduras del local de Marcos y bloqueé su acceso legalmente.
Mientras tanto, la realidad les explotaba en la cara:
Marcos encontró la puerta de su oficina cerrada por orden judicial, sus clientes dándose la vuelta y su secretaria renunciando.
Elena pasó vergüenza en el supermercado cuando la tarjeta no pasó y tuvo que dejar el carro lleno de pañales y comida.
No disfruté su dolor, pero sí sentí justicia. Era la primera vez que el costo de sus decisiones lo pagaban ellos y no yo.
El intento más sucio: declararme loca
La jugada más baja llegó una tarde: Marcos apareció con una ambulancia privada, un “doctor” y dos enfermeros. Querían sacarme de mi casa a la fuerza, sedarme y llevarme a una clínica para luego alegar demencia e intentar controlar mis bienes.
Rompieron mi puerta, los enfermeros me sujetaron los brazos y el médico preparó una jeringa. Mientras me dolían las articulaciones y el miedo me apretaba el pecho, recordé el consejo de Matilde: “Graba todo y no te dejes tocar”.
Resultado:
-
Marcos detenido por allanamiento, intento de secuestro y lesiones.
-
El médico y los enfermeros, investigados.
-
El video, prueba de oro.
En la comisaría, Elena llegó con el bebé en brazos, llorando y pidiéndome que retirara los cargos “por Santi”.
En lugar de eso, le mostré tres papeles:
-
Mi certificado psiquiátrico que demostraba que no estaba loca.
-
La modificación de mi testamento y el fideicomiso a nombre de su hijo.
-
Los papeles de divorcio que ella misma terminó firmando después, al descubrir las deudas de juego y los peligros que rodeaban a Marcos.
Ese día no solo protegí mi patrimonio. Protegí la vida de mi nieto y, aunque ella no lo entendió de inmediato, también la de Elena.