Situar el misterio pascual en el centro de nuestra existencia nos impulsa a compadecernos del sufrimiento de Cristo crucificado, reflejado en las incontables víctimas inocentes de conflictos, atentados contra la vida —desde los no nacidos hasta las personas mayores—
y diversas formas de violencia. Este sufrimiento también se manifiesta en las catástrofes ambientales, la distribución desigual de los recursos de la Tierra y la trata de personas en todas sus manifestaciones.