Pasaron los meses, y el Rancho Cole volvió a prosperar. Clara seguía cocinando, pero ya no dormía en el granero; Ethan le construyó una casita junto a la suya.
Un día, al atardecer, se acercó a ella.
“Clara, tengo algo que decirte.”
“Sí, señor”, lo miró, todavía con el delantal puesto.
“Ya no quiero que me llames ‘señor’.”
“Entonces, ¿cómo lo llamo?”, preguntó ella sonriendo.
Él se acercó.
“Dime, Ethan. Y escucha con atención, este rancho ya no es mío. Es nuestro.”
Clara se quedó sin palabras.
“No sé qué decir…”
“Dime que te quedarás”, dijo él, bajando la voz. “Que no te irás otra vez.”
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
“Claro que me quedaré, Ethan. Nadie me ha mirado nunca como tú. No por mi cuerpo, sino por quién soy.”
La abrazó con ternura y respeto. El gigante y el cocinero que el mundo había rechazado habían encontrado, entre el polvo y la pérdida, algo que muchos pasan la vida buscando: el amor verdadero.
Con el tiempo, la historia de Clara y Ethan se convirtió en leyenda en todo el valle. Decían que el pan del Rancho Cole tenía un sabor único, imposible de imitar; un sabor nacido del trabajo duro, la esperanza y el amor. Y cuando los viajeros pasaban, podían verlos: un hombre corpulento de manos curtidas y una mujer de cálida sonrisa trabajando codo con codo.
Ella, la que una vez dijo: «Estoy demasiado gorda, señor, pero sé cocinar». Y él, que respondió con hechos: «Usted es demasiado valiente, y yo sé amar».
Porque al final, el cuerpo puede cambiar y las heridas sanar, pero el alma que se atreve a amar nunca se marchita.