La consecuencia más inmediata no fue física en absoluto, sino emocional. A menudo me despertaba a la mañana siguiente cuestionándome a mí mismo, repasando todo lo sucedido y preguntándome si había cometido un error. En lugar de sentirme conectado, me sentía expuesto e inseguro.
No se habla lo suficiente de las consecuencias. Los silencios incómodos, las llamadas sin respuesta, la ansiedad persistente al darte cuenta de que la conexión significó menos para la otra persona que para ti. La intimidad sin confianza tiende a magnificar las inseguridades. En lugar de cercanía, puede hacerte sentir insignificante, usado o ignorado.
En mi propia vida, ese patrón repetitivo fue minando mi autoestima. Empecé a vincular mi valor con la atención que recibía, confundiendo el afecto físico con la validación emocional. Pero no son lo mismo, y cuando falta uno, el otro se vuelve vacío.
El momento termina.
Los riesgos físicos
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