Encontré docenas de pequeñas manchas rojas en la espalda de mi esposo; parecían huevos de insecto. Minutos después, el médico palideció y dijo: «Llamen a la policía. Ya».

—¿Qué pasa? —balbuceé—. ¿Qué le pasa?

El médico no respondió. En cuestión de segundos, entraron dos médicos más. Cubrieron la espalda de David con sábanas esterilizadas y comenzaron a interrogarme con urgencia:

¿Ha estado su marido en contacto con alguna sustancia química últimamente?
¿A qué se dedica?
¿Alguien más de su familia ha presentado síntomas similares?

Me tembló la voz al responder: «Trabaja en la construcción. Ha estado en una obra nueva los últimos meses. Ha estado cansado, pero pensamos que era solo agotamiento».

Quince minutos después, llegaron dos policías. La sala quedó en silencio, salvo por el zumbido del equipo médico. Me temblaron las rodillas. ¿Por qué estaba allí la policía?

Tras una larga espera, el médico regresó. Su voz era tranquila pero firme:

—Señora Miller —dijo en voz baja—, por favor, no se asuste. Su esposo no tiene ninguna infección. Esas marcas no fueron causadas naturalmente. Creemos que alguien se lo hizo deliberadamente.

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