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“Ese no es mi papá”.
La sala quedó en silencio. Los murmullos resonaron entre la multitud. El instinto del sheriff Harlan le decía que algo no andaba bien, pero legalmente, sus opciones eran limitadas. Manteniendo la voz firme, dijo: “Señor Anders, necesito que nos acompañe a la comisaría para unas preguntas de rutina”.
Michael se puso rígido, pero accedió. Daniel, reacio a hacerse a un lado, se ofreció a declarar como testigo. Emily se aferró al sheriff, negándose a acercarse al hombre que, según ella, no era su padre.
En la comisaría, examinaron los documentos que Michael presentó. Parecían impecables, tan precisos que solo pruebas especializadas podrían revelar inconsistencias. Mientras Michael hablaba con calma sobre ser padre soltero, Emily se sentó en silencio con Servicios Infantiles, dibujando en una hoja de papel. Dibujó una pequeña casa con las ventanas cerradas, un coche oscuro afuera y a ella misma, sola.
La trabajadora social, Heather Collins, hizo una pausa. El dibujo le resultaba inquietantemente familiar: parecía una propiedad bajo investigación por presunta actividad ilegal en un condado cercano.
Al ser confrontado, la confianza de Michael flaqueó. Su relato cambió, su tono se endureció. Daniel notó la naturaleza ensayada de sus movimientos: más actuación que verdad.
El sheriff Harlan se enfrentó a una decisión imposible. Soltar al hombre podría poner en riesgo a un niño; detenerlo sin pruebas podría acarrear problemas legales. Al final, las palabras temblorosas de Emily lo guiaron. Ordenó la custodia preventiva temporal hasta que se verificaran los hechos.
Emily lloró en voz baja mientras la escoltaban a un lugar seguro, pero se volvió hacia Daniel. “Me creíste”, susurró. Para un hombre forjado por años de servicio, esas palabras tenían más peso que cualquier medalla.