A Emma se le revolvió el estómago. Sus pensamientos volvieron a la ecografía, a esa inquietante sombra que parecía una cicatriz. ¿Podría haber sido causada por una fuerza externa? ¿La mano de Michael presionando con demasiada fuerza cuando nadie la veía?
Los recuerdos volvieron en masa: cómo él insistía en frotarle la barriga “para que el bebé se sintiera cerca”, los moretones que ella atribuía a su torpeza, la noche en que se despertó y él le murmuraba algo al estómago, un agarre mucho más brusco de lo que debería haber sido.
No había querido verlo entonces. Ahora, no podía dejar de verlo.
Claire la instó a hablar con una trabajadora social del hospital. La mujer le explicó que el abuso prenatal no siempre dejaba marcas evidentes, pero a veces los médicos detectaban señales de alerta: hematomas, sufrimiento fetal e incluso indicadores ecográficos de presión anormal.
Cuando Emma mencionó la advertencia del Dr. Cooper, la trabajadora social asintió solemnemente. «Ya ha protegido a mujeres antes. Probablemente volvió a reconocer las señales».
Emma lloró. La traición le parecía insoportable, pero también la idea de regresar.
Esa noche, por fin respondió a la llamada de Michael. Le dijo que estaba a salvo, pero que necesitaba espacio. Su tono cambió al instante, con una voz gélida.
¿Quién te ha estado llenando la cabeza de mentiras? ¿Crees que puedes escaparte con mi hijo?
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