Los observé.
Lo vi todo.
Cada segundo era una tortura.
Cada gemido. Cada risa que soltaba.
Cada vez que la tocaba, algo dentro de mí se rompía.
Lloré en silencio.
Apreté los puños hasta que me dolieron.
Mordí los labios hasta que sentí el sabor de la sangre.
Una hora después, ella se fue.
Se duchó.
Se metió en la cama.
Y se duchó al instante, sin el más mínimo atisbo de remordimiento.
Me quedé allí, inmóvil.
Mi vestido se arrugó, mi alma se hizo pedazos.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí.
Y la foto que vi lo hizo todo más comprensible.
Documentos. Capturas de pantalla. Registros.
La verdadera razón por la que se casó conmigo.