Cuando el avión aterrizó, el comandante rompió el protocolo: salió apresuradamente de la cabina y, sin ocultar las lágrimas, corrió hacia Alevtina.
La abrazó con fuerza, como si quisiera recuperar todos los años perdidos.
—Gracias, mamá, por todo lo que has hecho por mí —susurró, abrazándola.
Alevtina lloraba en sus brazos:
—No hay nada que perdonar. Siempre te he amado…
Víctor se quedó apartado, cabizbajo y avergonzado.
Comprendió que, detrás de aquella ropa humilde y las arrugas, se escondía una historia de sacrificio y amor inmenso.
No era solo un vuelo. Era el reencuentro de dos corazones separados por el tiempo, pero que finalmente se encontraron.