El trayecto desde Vladivostok hasta Moscú había sido agotador: kilómetros de pasillos, el bullicio de las terminales, interminables esperas.
Incluso un empleado del aeropuerto la había acompañado para que no se perdiera.
Pero ahora, cuando su sueño estaba a pocas horas, se enfrentaba a la humillación.
Sin embargo, la azafata mantuvo su posición: —Lo siento, señora, pero usted pagó por ese boleto y tiene todo el derecho de estar aquí.
No permita que nadie le arrebate eso.
Miró fijamente a Víctor y añadió con firmeza:
—Si no se detiene, llamaré a seguridad.
Él se quedó callado, murmurando, disgustado.
El avión despegó. Alevtina, nerviosa, dejó caer su bolso y, sin decir palabra, Víctor la ayudó a recoger sus cosas.
Al devolverle la bolsa, su mirada se fijó en un medallón con una piedra color sangre.
—Bonito colgante —comentó—. Parece un rubí. Sé un poco sobre antigüedades. Eso vale bastante.
Alevtina sonrió. —No sé cuánto vale… Mi padre se lo regaló a mi madre antes de ir a la guerra.
Nunca volvió. Mi madre me lo dio cuando cumplí diez años.
Abrió el medallón, donde había dos fotos antiguas: en una, una pareja joven; en la otra, un niño pequeño sonriendo al mundo.
—Estos son mis padres… —dijo con ternura—. Y este es mi hijo.
—¿Va a reunirse con él? —preguntó Víctor con cautela.
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