¡En la boda, algo empezó a moverse bajo el vestido de la novia! ¡El novio se puso pálido…!
La ceremonia había comenzado con toda la perfección que los novios habían soñado. El sol brillaba, las flores estaban impecables, y los invitados sonreían emocionados al ver a Clara caminar hacia el altar. Su vestido blanco, largo y delicadamente bordado, parecía sacado de un cuento de hadas. Nadie podía quitarle los ojos de encima, especialmente Marcos, su futuro esposo, que la esperaba con el corazón latiendo con fuerza.
Todo iba bien… hasta que ocurrió lo inesperado.

Justo cuando el sacerdote decía unas palabras solemnes, Clara sintió un leve cosquilleo en la pierna. Pensó que era su imaginación. Quizá era simplemente el calor, o los nervios. Pero el movimiento continuó… y esta vez, fue más fuerte. Clara se tambaleó un poco, lo justo para que algunos invitados notaran su incomodidad. Disimuladamente, intentó mirar hacia abajo sin mover demasiado la cabeza. El tul y la seda le impedían ver qué pasaba.
De pronto, un bulto pequeño y veloz se desplazó por dentro del vestido, causando una especie de ola en la tela. Los ojos de Marcos se agrandaron. Su expresión pasó de enamorado a alarmado en segundos.
—¿Todo bien? —susurró el sacerdote, mirando a la novia.
—Sí… sí… —respondió ella, aunque su voz sonaba más como una pregunta.
Pero lo que fuera que se movía dentro del vestido no parecía detenerse. Un par de damas de honor empezaron a cuchichear. Una tía abuela en la primera fila soltó un pequeño grito ahogado, al ver que el vestido parecía “cobrar vida”. Y Marcos… bueno, Marcos ya estaba completamente pálido. No por miedo a casarse, sino por lo desconocido que se arrastraba cerca de los tobillos de su futura esposa.
Finalmente, algo sobresalió por debajo del vestido. Fue tan rápido que varios pensaron que lo habían imaginado. Pero no, allí estaba: un par de orejitas peludas, seguidas de un pequeño hocico… ¡Un gato!
Clara se quedó paralizada. El minino, completamente negro con una manchita blanca en la frente, se detuvo justo en medio del pasillo central, estirándose como si acabara de despertar de una larga siesta.
Los invitados soltaron una carcajada nerviosa.
—¿¡Qué demonios…!? —exclamó Marcos, todavía intentando procesar la escena.
El sacerdote, sin perder la compostura, dijo con humor:
—Bueno, al menos no es un gato negro cruzando el camino. Solo… saliendo del vestido de la novia.
Clara no sabía si reír, llorar o salir corriendo. Pero la situación se volvió aún más divertida cuando una niña pequeña entre los invitados gritó:
—¡Es Tomás! ¡Mi gato! ¡Se escondió esta mañana y no lo encontrábamos!
La madre de la niña se llevó la mano a la boca, horrorizada.
—¡Oh, Dios mío! Se metió en el armario donde estaba tu vestido, Clara. ¡Seguro se quedó dormido dentro y nadie lo notó!
Risas. Aplausos. Incluso los músicos soltaron una nota suelta por la sorpresa.
El gato, completamente indiferente al caos que había causado, caminó con elegancia hasta la niña y saltó a sus brazos. Clara respiró aliviada. Marcos, aunque todavía pálido, se echó a reír.
—Bueno —dijo, tomando la mano de su prometida—, si podemos sobrevivir a esto, creo que el matrimonio será pan comido.
Los aplausos estallaron mientras el sacerdote, con una sonrisa, retomaba la ceremonia. A partir de ese momento, todo fluyó con naturalidad. El incidente del gato se convirtió en la anécdota del día, y probablemente, en la historia más contada en reuniones familiares durante décadas.
Más tarde, en la fiesta, los invitados bautizaron al gato como “Cupido Peludo”. Algunos decían que trajo buena suerte. Otros, que simplemente quería asegurarse de que el amor verdadero tuviera una bendición felina.
Lo cierto es que, en esa boda, el amor, las risas… y un pequeño gato curioso, fueron los verdaderos protagonistas.