Otro punto importante es que la hipertensión no siempre es igual en todas las personas. Hay quienes la tienen controlada con una sola pastilla al día y quienes necesitan varios medicamentos para mantenerla estable. También influye la edad, el peso, el nivel de estrés, la alimentación y el estilo de vida. Por eso no existe una receta universal que diga “sí puedes usar este somnífero” o “no puedes tocar este otro”. Cada caso es único.
Algo que vale la pena mencionar es que la falta de sueño prolongada puede llevar a aumentos peligrosos de presión arterial, incluso en personas jóvenes. Cuando duermes menos de lo que necesitas, el sistema nervioso simpático —que es el que activa las respuestas de alerta— se mantiene encendido. Eso hace que tu corazón lata más rápido, que tus arterias se tensen y que tu cuerpo produzca más hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol. Todo esto es un cóctel peligroso para la hipertensión.
En cambio, cuando duermes bien, tu presión tiende a bajar naturalmente durante la noche. Es como si el sistema circulatorio tuviera un descanso programado. Si ese descanso se interrumpe constantemente, con el tiempo la presión empieza a quedarse alta incluso durante el día. Y ahí es donde los somníferos mal usados pueden convertirse en un problema: pueden alterar ese ritmo natural, ya sea por dependencia, por efectos secundarios o por interacciones con otros medicamentos.
También es importante no ignorar los signos de alarma. Si después de tomar un somnífero sientes mareos fuertes, palpitaciones, dificultad para respirar, hinchazón en las piernas o confusión mental, eso es motivo para buscar ayuda médica de inmediato. Estos síntomas pueden indicar que el medicamento está afectando el sistema cardiovascular. Mucha gente subestima estos efectos porque piensa que “solo es algo para dormir”, pero la verdad es que cualquier sustancia que actúe sobre el sistema nervioso tiene potencial de impactar la presión arterial.
Lo más recomendable para alguien con hipertensión que tiene problemas de sueño es buscar un enfoque combinado. No solo usar medicamentos, sino también trabajar en el estilo de vida, en el manejo del estrés y en la creación de hábitos que favorezcan el descanso. En algunos casos, terapias como la cognitivo-conductual para el insomnio han demostrado ser incluso más efectivas que los somníferos a largo plazo, y sin los efectos secundarios que estos pueden traer.