Lo segundo es recordar que no está sola. Hoy existen instituciones, grupos comunitarios, centros de apoyo y vecinos dispuestos a ayudar. Aunque parezca difícil, pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad. Hablar con alguien de confianza puede abrir puertas que parecían cerradas.
Y lo tercero, y quizá lo más importante: entender que la edad no define el valor de una persona. A los 60, 70, 80 o más, aún se tiene historia, experiencia, sabiduría, amor para dar y sueños por vivir. Nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de hacer a un adulto mayor sentirse invisible o inútil.
También es bueno que las familias que lean esto reflexionen. A veces el daño no viene de la maldad, sino de la costumbre. De la rutina. Del cansancio. Pero eso no es excusa. Nuestros mayores dedicaron años de su vida a cuidarnos, a educarnos, a sacrificarse por nuestro bienestar. Lo mínimo que merecen es comprensión y cariño. No perfectos, pero sinceros. No apariencias, sino presencia.
Al final del día, todo se resume en algo muy sencillo:
Trata a tus mayores como te gustaría ser tratado cuando te toque a ti llegar a esa etapa.
La vida da vueltas. El tiempo corre. Y un día, sin darnos cuenta, seremos nosotros quienes caminemos más lento, quienes necesitemos una mano, quienes busquemos paciencia en los que amamos. Por eso, si hoy tienes un adulto mayor cerca, cuídalo. Escúchalo. Hazle sentir que aún es parte fundamental de la familia. No esperes a perderlo para darte cuenta de lo que valía su presencia.
El daño familiar después de los 60 existe, y es más común de lo que imaginamos. Pero también existe la posibilidad de cambiarlo. De sanar. De construir un trato más humano, más cálido y más justo. Todo empieza con una simple decisión: tratar a quien te dio la vida con el cariño que se merece.