“Damas y caballeros”, anunció, “den la bienvenida a la presidenta de Valmont Global”.
Las puertas se abrieron.
Una mujer con un vaporoso vestido dorado bajó la escalera con serena elegancia; los diamantes de su escote reflejaban la luz al moverse.
A Rowan se le cortó la respiración.
La copa de Margaret se le resbaló de la mano.
Tessa se quedó paralizada.
Porque la mujer que se acercaba al escenario era Lydia.
Reconocimiento
Se paró frente al micrófono con serenidad natural.
Su expresión no reflejaba el agotamiento que habían visto en la habitación del hospital.
En cambio, parecía segura de sí misma, confiada y con pleno control de la sala.
“Gracias a todos por venir esta noche”, dijo Lydia con voz cálida pero firme.
Habló brevemente sobre las iniciativas benéficas de la fundación, sobre las inversiones en sistemas de salud y programas educativos en todo el país.
Luego bajó del escenario.
Su camino por el salón la condujo directamente a la mesa donde Rowan, Margaret y Tessa estaban sentadas en un silencio atónito.
Se detuvo junto a ellas.
“Buenas noches”, dijo.
Rowan se levantó bruscamente.
“Lydia… no me di cuenta…”
Levantó una mano suavemente.
“Los papeles del divorcio ya están listos”, dijo con calma. “Tenías muy claro el futuro que preferías”.
Margaret se esforzó por encontrar la voz.
“¿Eres… eres la dueña de Valmont Global?”
La expresión de Lydia se suavizó un poco.
“Mi abuelo la fundó hace muchos años”, respondió.
Tessa palideció.
“¿Por qué no dijiste nada?”
Lydia la miró pensativa.
“Porque la gente revela su carácter cuando cree que alguien no tiene nada que ofrecer”.
Se giró ligeramente e hizo un gesto hacia el personal de seguridad que estaba cerca.
“¿Les importaría acompañar a estos huéspedes afuera?”
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