Descubrí que mi marido me había sido infiel y que mi esposa está embarazada. Quise vengarme, pero lo que hice… al final lo dejó en shock.

Antes pensaba que los hombres engañaban porque se sentían solos, obligados o no amados. Pero ahora sé que fue una decisión. Él decidió traicionarme. Y ahora vive con las consecuencias.

Pasaron cinco días tranquilos en Cebú. Dejé que Bunso jugara en la playa; su risa se mezclaba con el sonido de las olas. A veces me miraba y me preguntaba:

«Mamá, ¿por qué ya no te ríes?».

Y yo sonreía y decía:

“Mamá ya creció, hijo. Crecer duele un poco… pero mejorará”.

Cuando regresamos a Manila, alquilé un pequeño apartamento en Mandaluyong. Me fui de la casa con Ramón; solía ser nuestro hogar, ahora solo un recuerdo de nuestro pasado.

Empecé a buscar trabajo de nuevo. Una amiga de la universidad me ayudó a conseguir un puesto como contable interna en una empresa de cosméticos en Ortigas. El sueldo no era muy bueno, pero era suficiente para Bunso y para mí. La vida no es fácil, pero al menos es tranquila.

Cada noche, mientras estoy acostada junto a mi hijo, miro al techo y pienso en el día de mi boda: el vestido blanco, las velas, la promesa de la eternidad. Me duele el corazón, pero no quiero que se rompa de nuevo.

Ramón intentó acercarse. Enviaba regalos para nuestro hijo, pasaba sin despedirse, incluso se quedaba bajo la lluvia afuera de la puerta solo para ver a Bunso.

Pero ya no era aquella joven inocente de 24 años, la mujer que lo había sacrificado todo por amor.

Ahora era madre. Una superviviente. Una mujer que se había marchado solo con su hijo y su dignidad.

Un día, volvió a esperarme afuera. Llovía mucho. Se veía más delgado, más viejo, como si la culpa lo hubiera envejecido de la noche a la mañana.

—¿Todavía puedes perdonarme? —preguntó con voz temblorosa.

Lo miré con calma. —¿Perdonarme? Quizás algún día. Pero no volveré.

—Pero lo he perdido todo, Angélica… ahora solo quedo yo.

Sonreí, no con amargura, sino con paz.

—Entonces, resiste. Porque ya no soy tuya.

Pasó un año. Bunso creció y se volvió feliz y fuerte. Me uní a un grupo de madres solteras, aprendí más sobre negocios y abrí mi pequeña tienda de belleza en línea.

No éramos ricos. Pero éramos libres.

Entonces, una tarde, llegó un mensaje de un número desconocido.

“Si Liza hubiera vivido… me habría casado con…

La maté.

Me quedé mirando la pantalla. Era Ramón. Aún atormentado. Aún persiguiendo fantasmas.

Pero ese era su camino.

Yo había elegido el mío.

Aprendí que la felicidad no consiste en aferrarse a un hombre.

Consiste en saber cuándo dejarlo ir.

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