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Ethan no dormía junto a su madre; estaba sentado junto a ella, sosteniendo su mano temblorosa. La voz de la Sra. Turner tembló al susurrar:
“No me dejes, John… Eres igualito a tu padre. No te vayas”.
A Grace se le cortó la respiración. A la mañana siguiente, se le quebró la voz al confrontar a su esposo.
“Te vi anoche, Ethan. Por favor, dime la verdad”.
Ethan guardó silencio y luego dijo en voz baja:
“El trauma de mamá es profundo. Mi padre no murió en un accidente como todos creen… Se quitó la vida”.
Grace se quedó paralizada.
“Era el director ejecutivo de una importante empresa y se vio envuelto en un escándalo de corrupción. Mamá lo encontró. Desde entonces, ha estado atrapada en esa noche, reviviéndola una y otra vez. A veces piensa que soy él. Los médicos dijeron que tenerme cerca la ayuda a mantener la calma. No podía abandonarla, Grace”. Las lágrimas corrían por el rostro de Grace.
Desde ese día, Grace empezó a pasar las mañanas con la Sra. Turner: preparando té, charlando sobre flores y vecinos, ayudándola a reconectar con el presente.
Una tarde, la Sra. Turner preguntó de repente: “¿Eres la esposa de Ethan?”.
Grace asintió.
“Perdóname, querida… Te he causado dolor”.
Grace lloró y la abrazó. Por primera vez, sintió una verdadera conexión.
Esa noche, fue Grace quien decidió dormir junto a la Sra. Turner. Cuando la anciana se despertó llorando, Grace la abrazó y murmuró: “Soy yo, mamá. Grace. Estás a salvo. Nadie te abandonará”.
