Me llamo Ava Carter y nací en un pequeño pueblo de España, donde las cosas sencillas tenían valor: el aroma del café de la mañana, la sensación de una bufanda tejida a mano, la risa de mi hija recién nacida, Hazel. Nunca imaginé que mi vida cambiaría en un instante por la avaricia de quienes deberían haberme protegido.
Durante tres años, estuve enamorada de Mason Turner, un hombre cuyo apellido resonaba en los pasillos del negocio familiar en Madrid. Creí en su amor hasta que la verdad estalló ante mis ojos en el hospital donde di a luz.
Mason sonreía junto a otra mujer, Brianna, cuyo embarazo celebraba públicamente como si fuera su verdadera familia. Una foto, un mensaje, y mi mundo se derrumbó: había sido una broma, una apuesta, un juego para humillarme.
Ese mismo día, Margaret Turner, su madre, y su hermana Brooke irrumpieron en mi habitación. Sus miradas eran agudas, sus palabras calculadas. Daniel, su padre, me entregó los papeles del divorcio para que los firmara de inmediato.
Brianna se acercó con una sonrisa cruel, asegurándome que la prueba de ADN demostraba que Hazel no era la hija de Mason. El miedo y el dolor me paralizaron; entre las lágrimas y la presión de no perder a mi hija, firmé los papeles.
Me sacaron del hospital y me tiraron a la nieve frente a su mansión en las afueras de Madrid, mientras Hazel lloraba en mis brazos.
Cada paso sobre el gélido mármol resonaba como una sentencia de muerte. La humillación era total: mis pertenencias estaban desperdigadas, mi cartera había desaparecido, mi teléfono me había sido confiscado. Sentía que el mundo se me venía encima, que la vida que conocía había terminado.
Pero en medio de la tormenta, apareció un hombre impecablemente vestido con un paraguas: un abogado que me dio una noticia que lo cambió todo. Mi abuelo, Robert Carter, nos había dejado a mi madre y a mí un legado de 2.300 millones de euros.