Tras 37 años de matrimonio, Edna estaba harta de la rutina de Harold: la cena a las cinco, las noticias a las seis, las quejas a las siete y dormido a las ocho, roncando como una cortadora de césped averiada.
Una calurosa noche de verano, mientras el viejo ventilador traqueteaba en la esquina y la tabla de planchar se alzaba orgullosa en medio del dormitorio como un estorbo, Edna suspiró, dejó la plancha, encendió un cigarrillo y dijo con una sonrisa pícara:
—¿Probamos una postura diferente esta noche?
Los ojos de Harold se abrieron de par en par. Le temblaba la mano, no de emoción, sino de miedo. ¿Era esto? ¿Por fin le iba a proponer yoga? Su espalda aún no se había recuperado del Gran Incidente de Jardinería de 2008.