Mientras preparaba mi desayuno habitual, abrí un huevo de un cartón nuevo que acababa de comprar en una visita rutinaria al supermercado. Como alguien que compra en el mismo supermercado de confianza cada semana —donde la comida siempre es fresca, los precios son justos y la calidad nunca decepciona—, no esperaba nada fuera de lo común.
Pero esa mañana, algo inusual me llamó la atención en cuanto el huevo tocó la sartén. Flotando dentro de la clara había unos grumos extraños, translúcidos y viscosos, de color blanquecino, con una textura gelatinosa, y definitivamente inquietante verlos en el desayuno. Mi primera reacción fue de alarma. Se me quitó el apetito mientras pensaba en el peor de los casos: ¿eran huevos de insecto? ¿Algún tipo de contaminación? Su sola apariencia fue suficiente para que buscara la basura.
Pero la curiosidad me hizo reflexionar. Antes de tirarlo, decidí echar un vistazo a lo que había encontrado. Tomé una foto e investigué un poco, y lo que descubrí cambió por completo mi perspectiva. [the_ad id=”12986″]
Según expertos en seguridad alimentaria y científicos avícolas, estas masas blancas y viscosas no son raras ni dañinas. De hecho, son completamente naturales. Conocidas como chalazas (singular: chalaza), estas estructuras están compuestas de proteína y forman parte de la arquitectura interna del huevo. Su función es mantener la yema centrada dentro del huevo, suspendiéndola como un cojín para evitar que se rompa.