EL ALIMENTO MAS BARATO
Al llegar a los 60, la palabra “osteoporosis” empieza a sonar con demasiada frecuencia en las consultas médicas. Los huesos se vuelven porosos, quebradizos, como una esponja vieja. Y la primera solución que nos ofrecen son suplementos de calcio y leche enriquecida, que no son precisamente baratos. Sin embargo, en cualquier supermercado, por menos de dos euros, encontramos un auténtico tesoro olvidado: las sardinas en conserva.
Sí, esas humildes latas que huelen a mar y nos traen recuerdos de las meriendas de la abuela. Las sardinas son, probablemente, el alimento más infravalorado y accesible para frenar la pérdida de densidad ósea. ¿Su secreto? A diferencia de la leche, no solo aportan calcio (sus espinas son comestibles y están repletas de él), sino que también son una de las pocas fuentes naturales de vitamina D, la hormona que le indica al intestino: “¡Oye, absorbe ese calcio!”. Sin vitamina D, todo el calcio que tomamos se pierde.
Pero no todo es tan bueno. Comerlas directamente del aceite puede resultar pesado o demasiado salado. Para que este remedio sea agradable y sostenible a diario, hay que cocinarlas frescas. Aquí les dejo dos ideas que uso para mi madre, que tiene 68 años y ya nota la diferencia.